El bolso de siempre: ¿por qué nos cuesta tanto cambiar?
El bolso de siempre: ¿por qué nos cuesta tanto cambiar?
Tenemos varios bolsos en el armario, pero siempre acabamos cogiendo el mismo. ¿Costumbre, comodidad o simplemente pereza? Descubre por qué nos pasa… y cómo darles una segunda oportunidad a los demás.
A ver, seamos sinceras. ¿Cuántos bolsos tienes en el armario?
Seguro que alguno más de los que utilizas habitualmente.
Está aquel que compraste porque te encantó el color, el que te regalaron, el que reservabas para ocasiones especiales y ese que, no sabes muy bien por qué, todavía conserva hasta el papel de dentro.
Y luego está EL BOLSO. El de siempre.
Ese que coges casi sin mirar cuando sales de casa.
Y es curioso, porque a lo mejor ni siquiera es el más bonito que tienes.
Hay bolsos que te entran por los ojos y otros que te conquistan con el tiempo.
El de siempre suele ser de los segundos.
Tiene el tamaño que necesitas, no pesa demasiado, combina con casi todo y, lo más importante, sabes dónde está cada cosa.
Porque encontrar las llaves a la primera, cuando vas con prisas, es un lujo que no siempre valoramos.
Y aquí viene otro motivo por el que somos tan fieles al mismo.
Cambiar de bolso da pereza. Mucha.
Empiezas con la cartera, las llaves, las gafas, los pañuelos… Aparece un ticket de hace tres meses, un caramelo que no recuerdas haber guardado y alguna cosa que llevas semanas buscando.
Lo cambias todo, sales de casa y, cuando necesitas algo, descubres que se ha quedado en el otro.
Así que al día siguiente vuelves al de siempre. Y asunto solucionado.
Pues ahí están, esperando su momento.
Y lo curioso es que muchas veces no los utilizamos simplemente porque no los tenemos a la vista.
Prueba una cosa: un día que tengas un ratito, saca los bolsos que tienes guardados. Míralos, pruébatelos y piensa con qué ropa los combinarías.
Igual descubres que aquel bolso que compraste hace dos años y apenas has utilizado te sigue encantando.
Y que no necesitabas comprar otro, sino acordarte de que lo tenías.
Hay días de bolso grande, de esos en los que parece que nos vamos de viaje aunque solo salgamos a trabajar.
Otros días, con llevar el móvil, las llaves y la cartera tenemos suficiente.
Y luego están esos bolsos que nos ponemos simplemente porque nos apetece. Porque nos gustan. Sin más explicaciones.
Que tampoco hace falta justificarlo todo.
¿Tú también tienes ese bolso que utilizas para absolutamente todo?
Ese que ya empieza a pedir la jubilación, pero que no cambias por ninguno.
En ALEO vemos a menudo cómo alguien se enamora de un bolso y, después de probárselo, empieza a pensar si realmente lo utilizará.
Y es que ahí está la cuestión: que te guste es importante, pero que te resulte cómodo y práctico es lo que hará que quieras llevarlo una y otra vez.
Aunque, entre nosotros, tampoco pasa nada por darse un capricho de vez en cuando.
Que para eso también están los bolsos.
Menos de lo mismo. Más ALEO.